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Tanto en los talleres grupales como en las asesorías tratamos de diferenciar dos preguntas que a simple vista parecieran no ser tan distantes: ¿por qué? y ¿para qué? Suenan parecidas, pero el proceso mental que generan es sumamente diferente. A la hora de definir nuestro rol laboral y plantear objetivos a futuro, es importante que entendamos esa diferencia.

¿Qué pasa cuando pensamos en el por qué de las cosas? El “por qué” hacemos lo que hacemos nos remite a causas, nos lleva al pasado, nos exige pensar en justificaciones. ¿Por qué trabajamos? Porque necesitamos dinero, porque no podemos darnos el lujo de vivir sin trabajar. En el mejor de los casos, porque nos gusta. Pareciera que el “por qué” es fácil de responder. Basta con mirar atrás y encontrar las causas o justificaciones. Carece de sentido, de emoción, no nos moviliza.

¿Y si en cambio nos preguntamos para qué hacemos lo que hacemos? Automáticamente pensamos a futuro, vemos el horizonte, aquello que aspiramos, que está por delante. Por ejemplo ¿para qué vamos a trabajar? Algunas respuestas pueden ser para aprender, para sentirnos bien y plenos, para ayudar a los demás, etc. Estas respuestas cargan de sentido lo que hacemos, de un sentido más profundo, más comprometido.

Definir “para qué” hacemos lo que hacemos despierta la creación de significados, es aquello que nos motiva a avanzar. ¿Alguna vez se lo preguntaron?

¡Hasta la próxima!